«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.» — Mateo 7:7-8 (RVR1960)
"Todo aquel" significa que tú también
Hay personas que leen este versículo y lo admiran desde lejos, como si fuera una promesa hermosa para otros. Para los que tienen más fe. Para los que llevan más tiempo caminando con Dios.
Pero Jesús no puso condiciones de mérito. Dijo todo aquel. Esas dos palabras eliminan cualquier requisito que tú te hayas inventado para descalificarte. Si pides, recibes. Si buscas, hallas. Si tocas, se te abre. No hay letra pequeña.
Jesús compara a Dios con un padre que da con gusto
No se detuvo en la promesa. Siguió con una imagen que lo explica todo: si un padre humano, con todas sus fallas, sabe dar cosas buenas a sus hijos cuando le piden, cuánto más el Padre celestial.
Dios no está del otro lado de la puerta resistiendo. Está esperando. La puerta no se abre a regañadientes. Se abre porque el Padre quiere abrirla. Él no necesita ser convencido. Lo que busca es que tú vengas.
Muchos dejaron de tocar
Algunos no piden porque sienten que no merecen recibir. Otros dejaron de buscar porque se cansaron de esperar. Concluyeron que la puerta estaba cerrada para ellos.
Pero la promesa de Jesús desarma todo eso: si tú llamas, a ti se te abre.
No cuando seas más digno. No cuando tengas la vida en orden. Ahora. Tal como estás.
Hoy puedes venir
Si has creído que esta promesa es para todos menos para ti, Jesús te corrige con sus propias palabras. Todo aquel. Eso te incluye. El Padre que prometió abrir no ha cambiado de opinión.