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Corazones que arden

"¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?" — Lucas 24:32 (RVR60)

El camino cuando todo parecía perdido

Cleofas y su compañero iban cabizbajos. Habían esperado que Jesús fuera el redentor de Israel, y ahora estaba muerto. Tres días de silencio, de confusión, de preguntas sin respuesta. Y en ese momento de desolación, alguien los alcanzó en el camino.

No lo reconocieron. No vieron quién era. Pero cuando comenzó a hablar, algo comenzó a moverse en ellos.

Así actúa la Palabra de Dios: entra antes de que la reconozcas.

Cuando las Escrituras se abren

Jesús no les dio un sermón motivacional. No les dijo que todo estaría bien. Les abrió las Escrituras. Comenzó por Moisés, luego los profetas, y les fue explicando todo lo que decían acerca de Él.

Y mientras hablaba, algo ardía.

No era emoción superficial. Era reconocimiento profundo. Era la verdad encontrándose con el corazón que la necesitaba. Es lo que ocurre cuando Dios mismo te abre la Biblia, no cuando la lees por obligación, sino cuando te sientas ante ella con hambre real y disposición genuina.

La Escritura no es un texto estático. Es viva. Y Jesús sigue abriéndola a quienes caminan con Él.

Lo que Dios guarda para el hambriento

Lo que sucedió en ese camino no fue un evento único en la historia. Fue una promesa disfrazada de relato.

Jesús sigue saliendo al encuentro de los que caminan confundidos. Sigue acercándose a los que tienen preguntas sin respuesta, a los que llevan días procesando algo que no entienden. Y sigue haciendo lo mismo que hizo entonces: abrir las Escrituras.

No a los que creen tenerlo todo resuelto. No a los que llegan a la Biblia para confirmar lo que ya saben. Sino a los que llegan con hambre, con sed, con disposición de ser sorprendidos por Dios.

Hay tesoros en la Palabra que muy pocos han tocado, no porque Dios los haya reservado para una élite espiritual, sino porque requieren algo simple y difícil a la vez: disponibilidad. Llegar sin agenda. Llegar con tiempo. Llegar diciéndole a Dios: "Habla, que tu siervo escucha."

Ese es el corazón al que Jesús todavía abre las Escrituras.

¿Te está ardiendo el corazón?

Al final del camino, ya en la mesa, cuando Jesús partió el pan, los ojos de ellos fueron abiertos. Y lo primero que hicieron fue preguntarse el uno al otro: "¿No ardía nuestro corazón?"

Esa es la señal. Cuando la Palabra ya no te deja indiferente. Cuando algo en ti se mueve al leerla. Cuando sientes que Dios te está hablando a ti, no a una audiencia general.

Eso no se fabrica. Pero sí se cultiva. Se cultiva volviendo a la Biblia cada día, no como deber, sino como quien vuelve al único lugar donde lo han encontrado de verdad.

Hoy, antes de cerrar este día, abre las Escrituras. No para cumplir. Para encontrarte con Alguien que ya está en el camino, esperándote.

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