Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. — Mateo 11:29 (RVR60)
Lo único que pidió
De todas las cosas que Jesús pudo habernos pedido imitar — Sus milagros, Su autoridad, Su elocuencia — no eligió ninguna de esas. La única cosa que el Señor dijo que aprendiéramos de Él fue su mansedumbre y su humildad de corazón.
Piénsalo bien. El Maestro, el Señor, el Rey de reyes, se ciñó una toalla y lavó los pies de Sus discípulos. No lo hizo por debilidad, sino por la fortaleza más grande que existe: un corazón rendido al Padre.
La humildad no es pobreza
Hay un error común: creer que humildad es sinónimo de pobreza o de aparentar poco. Pero la verdadera humildad no está en tu cuenta bancaria ni en tu ropa. Está en tu corazón. Hay pobres soberbios y ricos humildes. Hay personas que no tienen nada y viven llenas de orgullo, y personas que lo tienen todo y caminan postradas ante Dios.
Pablo escribió a los filipenses que Jesús, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo (Filipenses 2:6-7). Esa es la humildad verdadera: reconocer que todo lo que tienes viene de Dios y que nada puedes hacer por tus propias fuerzas.
Nada tenemos que no hayamos recibido
Juan el Bautista lo dijo con una claridad que debería detenernos en seco: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo (Juan 3:27). Nada. No algo, no casi todo — nada. Cada don, cada talento, cada oportunidad, cada aliento que respiras, viene de arriba.
Pero hay algo aún más profundo: aun el deseo de buscar a Dios es evidencia de Su obra en nosotros. Antes de que tú lo amaras, Él ya te amaba. Antes de que clamaras, Él ya se había acercado. Como dice la Escritura: Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero (1 Juan 4:19).
¿De qué puede enorgullecerse el hombre? ¿De su fuerza? Es prestada. ¿De su sabiduría? Es dada. ¿De su fe? Es un regalo. No hay espacio para el orgullo cuando entiendes que todo — absolutamente todo — viene de la mano de Dios. La verdadera humildad nace cuando dejas de creerte autor de algo y reconoces que eres receptor de todo.
Dios resiste a los soberbios
Cuando comprendemos que todo proviene de Dios, el orgullo pierde su fundamento. Por eso la Escritura declara: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes (Santiago 4:6). Si hay algo que necesitamos desesperadamente en nuestra vida, es gracia. Y la gracia fluye hacia los corazones que se reconocen vacíos — no hacia los que se creen capaces por sí mismos, sino hacia los que saben que sin Él, nada son y nada pueden.
Ora por un corazón manso
Hoy no te pido que hagas más, que logres más o que aparentes más. Te pido que te detengas y ores. Pídele a Dios un corazón manso y humilde como el de Jesús. Eso no es debilidad — es la postura que atrae la gracia del cielo. Inclínate ante Él y hallarás descanso para tu alma.