El celo de tu casa me consume. — Juan 2:17 (RVR60)
Lo que el Padre veía en Jesús
Seguimos mirando a Jesús como nuestro modelo para agradar al Padre. Hemos visto Su obediencia, Su rendición, Su humildad. Hoy vemos algo más: Su celo.
Cuando Jesús entró al templo y vio que la casa de Su Padre se había convertido en un mercado, algo ardió dentro de Él. Volcó las mesas. Limpió el lugar. Y Sus discípulos recordaron lo que estaba escrito: "El celo de tu casa me consume" (Juan 2:17).
Eso no era ira — era amor profundo por lo que era sagrado para el Padre. Y eso agradaba a Dios. Porque el Padre se complace cuando Sus hijos tratan con reverencia lo que a Él le importa.
Nosotros podemos vivir con ese mismo celo
¿Quieres agradar al Padre como Jesús lo hizo? Entonces aprende esto: es imposible amar verdaderamente a Dios y permanecer indiferente a Su obra. No puedes decir que amas al Padre y no tener reverencia por lo que a Él le importa — Su casa, Su Palabra, Su pueblo.
Donde no hay sacrificio, no hay amor — hay solo palabras. Jesús lo demostró con cada paso hacia la cruz. Y nosotros podemos seguir Su ejemplo: tratando las cosas de Dios con devoción, invirtiendo en lo que tiene valor eterno, cuidando lo que Él nos ha confiado. Si tu amor por Dios no te cuesta nada, necesitas examinarlo.
Conocidos por Él
Pablo escribió: "Si alguno ama a Dios, es conocido por él" (1 Corintios 8:3). No dice "conoce a Dios" — dice "es conocido por Dios." Cuando cultivamos un celo genuino por las cosas del Padre — cuando nos acercamos no por costumbre sino con hambre real — algo sobrenatural ocurre: Dios se complace en nosotros. Provocamos gozo en Su corazón, como Jesús lo hacía.
Enciende ese fuego
El mismo Espíritu que encendía el celo en Jesús vive en ti. Hoy puedes pedirle que despierte en tu corazón esa misma devoción — un amor que no se queda en palabras, sino que honra al Padre con reverencia, sacrificio y un celo santo por todo lo que lleva Su nombre. Así se agrada a Dios. Así vivió Jesús. Y así podemos vivir nosotros.