A sus piesA sus pies

El corazón que vive a sus pies

"De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella." — Marcos 14:9 RVR60

Continuamos en la serie: Adoradores que detienen el cielo

Ayer vimos a Abraham — un hombre que levantaba altares en cada lugar, cuya obediencia en el monte reveló lo que los altares ya habían forjado. Hoy llegamos a un corazón que para nosotros tiene un significado especial: María de Betania. La mujer que inspiró el nombre de esta app. La que nos enseñó lo que significa estar a sus pies.

Porque si hay algo que define a María de Betania es esto: siempre la encontramos postrada. No en un escenario. No en un púlpito. No haciendo algo extraordinario ante los ojos del mundo. Sino a los pies de Jesús — escuchando, adorando, derramándose.

Mientras otros se afanaban, ella se postró

La primera vez que la vemos es en casa de Marta (Lucas 10:38-42). Jesús llega de visita y Marta se lanza a servir. Prepara la mesa, organiza la casa, se afana con muchas cosas. Y no estaba mal lo que hacía — pero estaba tan ocupada para Jesús que se olvidó de estar con Jesús.

Y ahí estaba María. Sentada a los pies del Maestro. Escuchando su palabra. Quieta. Presente. Postrada.

Marta se frustró. Le pidió a Jesús que le dijera a su hermana que la ayudara. Y la respuesta de Jesús cambió todo: "Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada."

María escogió. No fue casualidad. No fue pereza. Fue una decisión del corazón. Decidió que estar a los pies de Jesús valía más que cualquier otra cosa que pudiera hacer. Y Jesús la respaldó.

¿Cuántas veces el afán nos roba la adoración? ¿Cuántas veces estamos tan ocupados haciendo cosas para Dios que nos olvidamos de estar con Dios?

Cuando el dolor la golpeó, corrió a sus pies

La segunda vez que vemos a María, su hermano Lázaro acaba de morir (Juan 11). Marta sale al encuentro de Jesús primero — y le habla de pie. Conversa. Razona. Pero cuando María llega donde Jesús está, el texto dice algo poderoso: "María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies" (Juan 11:32).

En medio del dolor más profundo, su instinto fue el mismo: postrarse.

No le reclamó. No se alejó de Dios. No dejó que la tragedia la endureciera. Cayó a sus pies — y lloró. Y el texto dice que Jesús, al verla llorar, se estremeció en espíritu y se conmovió (Juan 11:33). La adoración de María en medio del quebranto movió las entrañas de Jesús.

Adorar cuando no todo está bien revela el corazón del que adora. Habacuc lo entendió: "Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos... con todo, yo me alegraré en Jehová" (Habacuc 3:17-18). María no adoraba porque las circunstancias fueran buenas — adoraba porque Jesús era suficiente. Su vida entera era un acto de adoración. No vivía para sí misma — vivía para Él. Y eso se nota cuando llega el dolor, porque el dolor no cambia al adorador verdadero — lo revela.

El perfume que el mundo llamó desperdicio

Y la tercera vez es la más conocida (Juan 12:1-8, Marcos 14:3-9). María tomó un frasco de perfume de nardo puro — de mucho precio, el equivalente al salario de un año entero — y lo derramó sobre los pies de Jesús. Llenó la casa de fragancia. Y luego, con sus propios cabellos, los secó.

Los discípulos murmuraron. Judas lo llamó desperdicio. "¿Por qué no se vendió y se dio a los pobres?"

Pero Jesús dijo: "Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Buena obra me ha hecho." Y entonces pronunció algo que ningún otro ser humano ha recibido: "Dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella."

Piensa en eso. María nunca predicó un sermón. Nunca abrió un mar. Nunca sanó a un enfermo. Nunca hizo un solo milagro. Pero Jesús dijo que el mundo entero hablaría de ella. No por su poder — sino por su adoración. No por lo que hizo — sino por lo que derramó.

El Padre busca tales adoradores

Jesús dijo en Juan 4:23: "Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren."

El Padre busca adoradores. No los espera — los busca. Y María de Betania fue una de los que Él encontró. Una mujer que entendió que Jesús vale más que cualquier cosa que puedas guardar, que la adoración no es lo que sobra después de hacer todo lo demás, sino lo primero que el corazón rendido necesita ofrecer.

Para el cielo, los adoradores entran en una categoría especial. No son los que hacen más ruido, ni los que logran más cosas. Son los que se postran. Los que escogen la buena parte. Los que derraman lo más costoso sin calcular.

La pregunta que te deja María

¿Estás viviendo a sus pies — o solo pasas de visita?

María nos enseña que la adoración verdadera no es un momento — es una postura de vida. A los pies del Maestro cuando todo está bien. A los pies del Maestro cuando todo se derrumba. A los pies del Maestro con lo más valioso que tienes en las manos, dispuesto a derramarlo.

No hizo milagros. Pero alcanzó un testimonio que ha resonado por dos mil años. Porque descubrió algo que muchos aún no entienden: que postrada a los pies de Jesús es el lugar más alto al que puede llegar un corazón humano.

Que hoy sea tu postura. A sus pies. Siempre a sus pies.

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