Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. — Mateo 3:13-15 (RVR60)
Dios en un pesebre, esperando
Cuando Jesús nació, una legión de ángeles vino a adorarle. La estrella de Belén anunció Su llegada. Los magos trajeron oro, incienso y mirra. Todo el cielo sabía quién era ese bebé. Y sin embargo, la Biblia no registra que Jesús haya sanado a alguien a los dos años, ni a los trece, ni a los quince. No hay registro de un sermón a los veinte. No hay un solo milagro público antes del tiempo que el Padre había determinado.
¿Por qué? Porque Jesús entendía algo que nosotros olvidamos con frecuencia: no basta con hacer lo correcto; hay que hacerlo en el tiempo y de la manera que Dios determina. Aunque era Dios, no actuó independientemente del Padre. Esperó Su tiempo, siguió Su dirección y se sometió completamente a Su voluntad.
Así conviene que cumplamos toda justicia
Cuando Jesús llegó al Jordán para ser bautizado, Juan el Bautista le dijo lo que cualquiera habría pensado: "Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?" Era lógico. Era razonable. Pero Jesús no estaba operando por lógica humana — estaba operando por obediencia al Padre.
Su respuesta fue clara: "Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia." En otras palabras: esto es lo que el Padre quiere, y eso es suficiente. No importa si parece innecesario. No importa si no tiene sentido para ti. Es menester que se cumpla.
Y mira lo que pasó inmediatamente después de esa obediencia: "Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (Mateo 3:17). La afirmación del Padre vino después de la obediencia. Jesús esperó treinta años, se sometió al bautismo de un hombre, y entonces los cielos se abrieron y la voz del Padre resonó. El camino del propósito de Dios siempre pasa por la obediencia.
La voluntad de Dios no siempre parece agradable — pero siempre lo es
Aquí está el problema: muchas veces la voluntad de Dios no se ve como esperábamos. No se siente cómoda. No encaja en nuestros planes. Y entonces pensamos que podemos hacerlo mejor por nuestra cuenta.
Pero la voluntad de Dios — aunque no se vea agradable — siempre es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). Él ya preparó el camino en el que quiere que andes. Y el fruto que Dios quiere producir en tu vida, la plenitud que Él preparó, solo se encuentra cuando caminas rendido a Su dirección.
Cuando intentas caminar en tu propia fuerza, puedes parecer que avanzas por un tiempo, pero no vas a producir el fruto que Dios desea. Porque los lugares de delicados pastos, la vida plena que Dios diseñó para ti, solo se encuentran en la dirección que Él puso (Salmo 23:2). Fuera de esa dirección hay esfuerzo vacío y agotamiento.
Regresa a la rendición
Hoy no se trata de intentar más fuerte ni de esforzarte más. Se trata de regresar. Regresar a la rendición. Dejar de pelear contra el plan de Dios y decirle: "Señor, aunque no lo entiendo, confío en que tu voluntad es buena. Me rindo a tu dirección."
Jesús, siendo Dios, esperó el tiempo del Padre. Jesús, siendo Dios, se sometió al bautismo de un hombre. Y los cielos se abrieron. Hoy, ríndele a Dios no solo lo que haces — ríndele el cómo y el cuándo. Solo ahí vas a encontrar lo que Él preparó para ti.