Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. — Mateo 26:39 (RVR60)
La rendición se prueba cuando cuesta
Ayer hablamos de que Jesús vivía rendido al Padre — cada palabra, cada paso venía de Él. Pero hay un momento donde esa rendición fue llevada al extremo: Getsemaní.
Jesús sabía lo que venía. No solo el dolor físico de la cruz, sino algo mucho peor: cargar sobre sí la ira de Dios contra el pecado de toda la humanidad. Las implicaciones no eran solo físicas — eran espirituales, profundas, devastadoras. Y la Biblia dice que su sudor era como grandes gotas de sangre (Lucas 22:44). No era algo ligero lo que estaba enfrentando.
Tres veces la misma respuesta
Jesús oró tres veces. Tres veces le pidió al Padre que, si había otra forma, pasara de Él esa copa. No estaba fingiendo — estaba siendo honesto con el Padre sobre lo que sentía. Pero cada vez que oraba, su oración terminaba en el mismo lugar: "No sea como yo quiero, sino como tú" (Mateo 26:39).
Eso es rendición verdadera. No es que no sientas el peso. No es que no te cueste. Es que a pesar de lo que implica, eliges la voluntad de Dios por encima de la tuya. Jesús era Dios, y aun así eligió someterse a la voluntad del Padre. Si Él lo hizo siendo quien era, ¿cuánto más nosotros?
¿Qué áreas aún no le has entregado?
Hoy quiero que hagas algo práctico. No te quedes solo con la inspiración — examina tu vida. ¿Hay áreas que sigues manejando a tu manera? ¿Relaciones, decisiones, planes, hábitos que no le has sometido al Señor?
La Biblia dice que Dios se complacía en Jesús. Y lo que hacía que el Padre se complaciera era precisamente esto: que Jesús vivía rendido. Dios puede complacerse contigo de la misma manera — pero Él necesita ser Señor de todas las áreas, no solo de las que te resultan cómodas.
Hoy, identifica esa área. Llévala al Padre en oración y dile lo que Jesús dijo: "No sea como yo quiero, sino como tú." Esa oración cambia todo.