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Puestos los ojos en Jesús

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«...corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.» — Hebreos 12:1-2 (RVR1960)

Pedro lo aprendió en medio del lago

Cuando Pedro caminó sobre el agua, no se hundió porque las olas fueran demasiado grandes. Se hundió porque dejó de mirar a Jesús. El viento no cambió. El mar no empeoró. Lo que cambió fue la dirección de sus ojos.

Esa historia es un espejo de lo que nos pasa cuando dejamos de contemplar a Cristo. No siempre nos alejamos de Dios por un pecado grave o una decisión consciente. A veces simplemente dejamos de mirarlo — y todo lo demás empieza a ocupar el lugar que solo él merece.

La cruz mantiene el fuego encendido

El escritor de Hebreos no dice "corramos con fuerza" ni "corramos con estrategia." Dice "corramos con paciencia" — y la clave está en lo que sigue: puestos los ojos en Jesús. La resistencia del creyente depende de su enfoque.

Cuando miras la cruz, recuerdas lo que costó tu salvación. Recuerdas que él soportó la vergüenza por gozo — el gozo de tenerte. Ese recuerdo no produce culpa; produce amor. Y el amor sostiene lo que la voluntad sola no puede.

Lo que ocurre cuando dejas de mirar

Nadie planea enfriarse. Nadie se despierta un día y decide abandonar su devoción. Pero cuando la cruz deja de ser el centro, otras cosas llenan ese espacio: las preocupaciones, el éxito, las distracciones, incluso el ministerio mismo.

El remedio es volver a mirar. Volver a la cruz. Volver al que sufrió por ti y ahora está sentado a la diestra del Padre.

Hoy, antes de correr, fija la mirada.

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