No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. — Mateo 6:19-21 (RVR60)
Lo que construyes hoy se mide en la eternidad
Trabajas duro. Te levantas temprano, cumples, produces, avanzas. Pero la pregunta no es si estás trabajando — es para qué estás trabajando. Jesús no dijo que dejaras de esforzarte. Dijo que cambiaras el destino de tu esfuerzo.
Los tesoros en la tierra se oxidan, se pierden, se olvidan. Esa promoción, ese reconocimiento, esa cuenta bancaria — nada de eso cruza al otro lado. Pero cada acto de obediencia, cada palabra de fe, cada sacrificio hecho en el nombre de Cristo queda registrado en la eternidad.
El cielo no empieza cuando mueres
Empieza ahora, en cada decisión que tomas con la mira puesta en Dios. Cuando sirves sin que nadie te vea, cuando das sin esperar nada a cambio, cuando trabajas con excelencia porque lo haces para el Señor y no para los hombres (Colosenses 3:23) — estás depositando en el cielo.
Cambia la inversión
Hoy tienes la misma cantidad de horas que ayer. La diferencia está en dónde las depositas. Puedes invertirlas en lo que se desvanece o en lo que permanece para siempre.
Revisa tu agenda, tus prioridades, tus ambiciones. ¿Están alineadas con el reino de Dios o con un reino que se acaba? No mañana — hoy. Cada día es una oportunidad de acumular lo que ni la polilla ni el ladrón pueden tocar.
Trabaja con todo tu corazón, pero que tu corazón esté donde está tu verdadero tesoro: en Cristo.