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Tesoros que no se pierden

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. — Mateo 6:19-21 (RVR60)

Hay una cuenta que no ves, pero que crece

Existe un lugar donde cada acto de obediencia queda registrado. Cada oración en silencio, cada servicio sin aplausos, cada sacrificio que nadie notó. Dios lleva la cuenta. No porque sea un contador frío, sino porque es un Padre que valora profundamente lo que sus hijos hacen por amor a Él.

El mundo te dice que lo que no se ve no cuenta. Jesús dice exactamente lo contrario: lo que haces en lo secreto, tu Padre que ve en lo secreto te recompensará (Mateo 6:4).

Ni un vaso de agua se pierde

Jesús fue específico. No habló solo de grandes hazañas o de ministerios visibles. Dijo: "Cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa" (Mateo 10:42).

Un vaso de agua. Eso es lo que Jesús usó como ejemplo. Si un vaso de agua dado en su nombre tiene recompensa eterna, ¿cuánto más el trabajo diario hecho con consciencia de eternidad? ¿Cuánto más la crianza de tus hijos, el servicio fiel en tu iglesia, las oraciones por los ministros, los aportes económicos para la obra?

Nada queda sin recompensa cuando se hace para Él.

Los talentos no son opcionales

En Mateo 25, Jesús contó la parábola de los talentos. A cada siervo se le entregó según su capacidad. No todos recibieron lo mismo, pero todos recibieron algo. Y la expectativa era clara: multiplicar lo recibido.

El siervo que enterró su talento no fue castigado por fallar en un negocio arriesgado. Fue reprendido por no hacer nada. Por negligencia. Por miedo disfrazado de prudencia.

Dios puso dones, habilidades, tiempo, recursos y oportunidades en tus manos. No para que los guardes. No para que los uses solo en tu beneficio. Sino para que los inviertas en su reino con diligencia y fe.

La pregunta no es si tienes talentos. La pregunta es qué estás haciendo con ellos.

Trabaja como quien rinde cuentas

Pablo lo dijo con claridad: "Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres" (Colosenses 3:23). Esa frase cambia todo. Transforma el trabajo ordinario en ofrenda. Convierte lo cotidiano en eterno.

Cuando cocinas para tu familia como para el Señor, eso es adoración. Cuando estudias con excelencia como para el Señor, eso es mayordomía. Cuando sirves sin reconocimiento como para el Señor, eso es inversión eterna.

No trabajes solo por lo visible. Trabaja conscientemente para la eternidad.

Sé diligente hoy

No dejes para mañana la fidelidad que Dios te pide hoy. Cada día es una oportunidad de acumular tesoros donde realmente importa. No te canses de hacer el bien, porque a su tiempo segarás, si no desmayas (Gálatas 6:9).

Dios ve tu esfuerzo. Dios valora tu sacrificio. Y Dios recompensa tu fidelidad — no con monedas que se oxidan, sino con gloria que permanece para siempre.

Hoy, trabaja con eternidad en mente. Cada acto de amor, cada paso de obediencia, cada gota de esfuerzo fiel está construyendo algo que nunca se derrumbará.

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