«Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.» — Lucas 17:15-16 (RVR1960)
Diez pidieron. Uno volvió.
Los diez gritaron. Los diez suplicaron misericordia. Los diez obedecieron cuando Jesús les dijo que fueran a mostrarse a los sacerdotes. Y los diez fueron sanados en el camino.
Pero solo uno se detuvo.
Solo uno interrumpió su camino hacia la vida nueva para volver al que se la había dado. Los otros nueve siguieron adelante. No eran malos. No eran rebeldes. Estaban tan ocupados recibiendo el regalo que olvidaron al que lo dio.
La pregunta que duele
Jesús preguntó: «¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?» No preguntó por curiosidad. Preguntó porque la ausencia le importó.
Dios no necesita tu agradecimiento. Pero lo busca. Porque la gratitud revela si reconoces de quién vino lo que tienes. Pedir demuestra necesidad. Agradecer demuestra conocimiento de Dios.
Agradecer es reconocer su voluntad
Cada cosa que llega a tu vida — la que entiendes y la que no, la que te alegra y la que te cuesta — ha pasado por las manos de Dios. Dar gracias es una declaración: lo que tengo no me lo debo a mí.
El samaritano volvió porque entendió eso. Recibió piel limpia, sí. Pero lo que lo hizo postrarse fue saber quién se la dio.
Sé el que vuelve
Los nueve tenían razones para seguir caminando. Tú también las tienes. Pero antes de seguir, vuelve. Reconoce que lo que tienes viene de Él. Basta con la honestidad de decir: esto no fue mérito mío.
De diez, uno volvió. Sé ese uno.